• Susan Pick

Aprender a aceptar también es pintar fuera de la raya


Aprender a aceptar también es pintar fuera de la raya


Cada uno de nosotros tiene diferentes capacidades para ver lo que sucede y para aceptarlo o luchar en contra de ello; en especial algo que es negativo o inesperado. Algunos tardamos más que otros en ver y aceptar la realidad, y aun más en actuar sobre esta. Empezamos por una fase de negación en la cual no vemos; no podemos ver lo que está sucediendo (“solo me debe tres meses de sueldo… ya pagará”, “no me pega muy seguido”, “en el fondo es buena persona”). Cada quien lo manifiesta de modo diferente y durante períodos de tiempo distintos. Muchos tenemos miedo a aceptar qué viene una siguiente etapa. Además, manifestamos lo que estamos pensando y sintiendo de maneras diferentes. Unos lo manifestamos hablando de banalidades (“se me notan mucho las canas”, “es gacha persona, pero se viste lindo”, “ya me cansé de ver series”), otros lloramos, o nos sentimos pasmados; aun otros nos metemos a trabajar durísimo y otros optamos por no hacer nada.


El otro día mi amiga Patricia comparaba la aceptación (es decir, la no negación) con imaginarse que tienes que saltar un barranco sin tener claro lo que hay del otro lado. Es muy probable que te hagas pato un rato sin atrever a moverte, a actuar, a pintar fuera de la raya, quedándote cómodo en aquello que ya conoces, que sientes que controlas, por malo que sea. Un ejemplo que novios y

esposos reconocerán es cuando a días de casarse les entra la duda. Están muy emocionados, pero ahora que se acerca el momento de brincar ese charco… ayyyyy mamittaaaa… mejor me rajo (yo fui a hablar con mi suegra —que era también mi amiga— tres días antes de la boda… ella lo manejó precioso).


La incertidumbre asusta a algunos, a otros nos motiva, y a otros no nos afecta.

Un ejemplo muy actual es en el que estamos muchos hoy en día atorados en el miedo de decir “tengo que aceptar que estoy viviendo una pandemia”, “tengo que entender que mi vida ya nunca va a ser igual”, “no sé cómo adaptarme a ´eso´ que no sé ni cómo se ve”. La incertidumbre asusta a algunos, a otros nos motiva, y a otros no nos afecta.


Cada quien maneja la aceptación, el dolor, el cambio y el miedo a diferente velocidad y de diferente modo. Algunos entendemos que lo que sentimos es miedo y vemos la relación entre este y la negación de lo que está sucediendo; otros tardamos en lograrlo y otros simplemente no somos capaces de enfrentar la realidad… elegimos quedarnos con lo que conocemos… aunque sea un sueño, aunque no esté en son con la realidad.


Una señora me preguntaba hace unos días cuándo podría regresar al teatro con sus amigas, otra me decía que ya no aguantaba vivir sin un manicure. Un señor me contaba que para él jugar tenis diario era su vida. Darles ideas de otras actividades que podrían emprender durante este período y de nuevos aprendizajes no tuvo sentido. Tampoco lo tuvo tratar de ofrecerles ideas para aceptar que su vida cambiaría durante la pandemia, y también una vez que esta pase.


Me costó entender que seguían atorados en lo que fue alguna vez y que no estaban haciendo gran cosa más que esperar a que ese mundo volviera. Hay que respetar el ritmo de cada quien. No siempre es fácil. Les conté la frase de Victor Frankl, quien dijo, “Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. De nada sirvió. Así como en un matrimonio en el que hay diferentes tipos de violencia uno no ve hasta que ve, en la pandemia, en el trabajo, en las relaciones humanas, en alguna pérdida, en cada área de nuestras vidas, uno no ve, hasta que ve.


Respetemos los ritmos de cada quien.



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